Un administrador me pidió comisión por debajo de la mesa
Un cliente grande, al que aseguraba desde hacía años. Dije que no.
La póliza se renovó con otro agente y yo la perdí. No me arrepiento: simplemente no era un negocio en el que quisiera estar.
Llevo diecisiete años aquí y doce de agente de seguros. Esta es la parte que normalmente no te cuentan de la persona que te va a vender una póliza.
Venía a la boda de un amigo y a echarle una mano con un restaurante que apenas abría.
No agarré el vuelo de regreso.
A las pocas semanas andaba con una chica. Hoy es mi esposa y la mamá de mis tres hijos. Por quedarme con ella, las semanas se volvieron meses, y los meses año y medio en ese restaurante.
Luego di clases de francés. Alianza Francesa primero, después la escuela de idiomas de la UANL en Mederos. Quería ser el mejor profesor de francés de la ciudad. Lo que descubrí es que el techo del ingreso ya estaba puesto y no dependía de qué tan bueno fuera.
Me fui a vender vinos y licores a hoteles, restaurantes y centros de convenciones. Me iba bien.
Hasta que mi jefe me pidió empezar a vender a antros. Después a lugares que ya no eran ni restaurantes ni antros.
Renuncié. Sin otro trabajo en la mano. Me puse a buscar dónde ganar bien sin vender vicios.
Alguien me sugirió ser agente de seguros. Fui a preguntarle a mi propia agente — tenía un gastos médicos con ella. Me dijo que era una profesión noble, que ayudas mucho, y que veía en mí lo necesario.
Días después me chocaron por alcance cerca del puente de Miravalle. Mientras esperábamos a los ajustadores, la señora del otro carro — que no sabía nada de mí ni de en qué andaba — me dijo que yo sería buen agente de seguros.
Fui a dos entrevistas. En la primera todo era dinero, dinero y más dinero. Me fui a la otra.
Verano de 2014: empecé como agente. Ese mismo año volví a dar clases de francés a las siete de la mañana, porque de agente no tienes un peso de ingreso fijo y en mi casa se cenaba todos los días.
En 2016 solté las clases por completo.
Un cliente grande, al que aseguraba desde hacía años. Dije que no.
La póliza se renovó con otro agente y yo la perdí. No me arrepiento: simplemente no era un negocio en el que quisiera estar.
Gente que ya tenía un plan de ahorro para el retiro y quería abrir otro. Cuando vi que su prioridad debía ser otra cosa — un fondo de emergencia, otra inversión — se lo dije.
Perdí la venta y gané un cliente que hoy me manda referidos.
Crecí en un país donde la atención médica venía por default. Nunca pensé en un deducible en mi vida.
Llegué a un lugar donde una cirugía cuesta lo que un coche.
De ahí sale mi obsesión con los gastos médicos mayores. No de un argumento de venta — de un susto propio.
Me ha tocado acompañar siniestros de unos cuantos miles de pesos y siniestros de millones.
Vivo de que mis clientes me recomienden. Eso me obliga a que te vaya bien, no a que firmes.
Un seguro bien armado no te hace rico.
Te compra la libertad de que un mal año no se convierta en veinte años de deuda. Y la tranquilidad de saber qué va a pasar, antes de que pase.
Eso es lo que vendo. No más.
Sin costo, sin compromiso y sin que tengas que cambiarte de compañía. Si tu póliza está bien, te lo digo y no te cobro por saberlo. Si no lo está, te enseño exactamente dónde y tú decides.